
Propongo una sección donde los que quieran cuenten en qué andan, esas cosas que nos preocupan, que nos dan vueltas en la cabeza y no llegamos a parir todavía. Va con un link a una ‘asistencia sicológica de urgencia’ para los que están medio graves, y con otro de ‘ayuda al suicida’ (para los graves) con acceso a métodos eficientes e indoloros. Bueno, ahí va lo que me turba:
Como cada vez descreo más de la categoría de “modernidad” para explicar algo de la arquitectura, vengo pensando en el por qué de los cambios que se produjeron en nuestra arquitectura alrededor de los sesenta. “El triunfo de la modernidad”, diría Liernur. Pero como no creo que la “modernidad” sea una persona, tampoco me convence la idea de que pueda triunfar a algo, con lo que quiero decir que los que luchan y triunfan son otros, y la modernidad es una máscara. Vengo viendo que lo que hubo detrás es la aparición de un nuevo grupo social: los ejecutivos, vinculados a la radicación de empresas extranjeras, fomentada por el modelo liberal post ‘55. El modelo de gestión de las empresas no es de cuño familiar, como lo era en muchas nacionales, sino que se profesionaliza (es el boom del management, al decir de Peter Drucker), se pretende científico. Sabemos que la ciencia tiende a pensarse como universal, no situada, y los ejecutivos se sienten más ligados a los ejecutivos del mundo que a sus coterráneos (“ejecutivos del mundo uníos”). Tienen en Primera Plana (la revista de Jacobo Timmerman) un referente que les enseña los modales, los amoblamientos que deben usarse, lo que debe leerse, en fin, el modo de vida que debe tener el buen ejecutivo y con ello el imaginario de su identidad y de su diferenciación.
En estas circunstancias es que triunfan el eficientismo de M. R. Álvarez y las propuestas más europeizantes de Solsona y Testa entre otros, que tienen la virtud de construir en el imaginario una tradición que rompe con lo anterior para construir esa “Nueva Argentina” que haga olvidar la pesadilla del peronismo.
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